martes, junio 20, 2006

Con el corazón en un puño...

Así me he sentido esta tarde...

Parece mentira como cambia la perspectiva de uno sobre el fútbol con los años. De Méjico 86, casi no me acuerdo de nada... en Italia 90, con 10 añitos, no recuerdo estar especialmente mosqueado cuando Yugoslavia nos echó de un patadón. Si acaso, me viene a la mente un infantil mosqueillo. En Estados Unidos, ya con 14 años, comencé a sentir el palo moral de la derrota de la selección cuando mejor jugaba. A fé mía que el codazo de Tassoti a Luis Enrique le dolió a toda España... aunque fuese en el orgullo. En Francia 98, llegó el fatalismo y casi me matan la ilusión. En Korea, sentí el amargo pellizco de la injusticia en aquel partido contra los surcoreanos, y conocí el odio en la esfinge (mal rayo le parta y Belcebú mastique su alma) del infame árbitro Mohammed El Gandoul...

Ya leisteis en mi anterior post que el partido contra Ucrania me había reavivado un ánimo que creía comatoso. Pero lo del partido de hoy no ha tenido nombre...

Cuando los tunecinos empujaron ese balón dentro de la portería de Casillas, realmente no le dí demasiada importancia: pensé que vendría bien para bajar los humos, y que no se les subiese a la escuadra española la chulería a la cabeza. Para qué hablé.

Los minutos pasaban, y los continuados ataques españoles, llenos de intención y habilidad, se estrellaban contra un invisible muro hecho de mala suerte, tropiezos y fatalismo. La España de los mundiales. La que te carcome la moral sin miramientos.

Lo peor eran las caras: las de mis amigos, las del resto de la gente que poblaban el bar. Se supone que, al fin y al cabo, nos tendría que dar un ardite el partido, o dicho en castellano, importar un pepino lo que le pasasen a esos desgraciados sobrepagados y millonarios... Pero la capacidad humana para identificarse con estos acontecimientos es sorprendente.

Como decía, la masa de aficionados decaía. La preocupación y los nervios atenazaban a los presentes. Y ante todo la impotencia, el no poder ayudar, que el buen aficionado al futbol, cuando las dan torcidas, ruega a Dios o al demonio por el milagro de que alguien le teletransporte al campo y le dejen meter la puñetera pelotita que se resiste...

Y entonces, llegó Raul. El Gran Capitan, el émulo de Don Gonzálo Fernandez de Córdoba, de Don Juan de Austria y de Alejandro Farnesio, el símbolo. (Es curiosos como asocia uno a grandes personajes que escribieron la historia con simples deportistas... pero el sentir es el sentir, y a nadie le daña que se enarbolen las memorias). Cuando empuja el Raulito de los huevos el balón, con toda su chulería, flema y suficiencia, al fondo de las mallas, la explosión de júbilo es ensordecedora. Gritos, chillidos, saltos... un rugido. 60 personas en un bar que se dejan de milongas y gritan como suyo el gol. Un tronar. Juro a ustedes que sentí como si perdiese 5 kilos de un solo golpe. Y a partir de ahí, se acabó Túnez: Torres me hizo tragar todos los reproches que siempre le he hecho, y que he de reconocer que tras el lance de Ucrania decía más bajitos, con un gol de estilo, de clase. Todo lo contrario que el gol de Raúl, que fue un gol de fé, de furia. El del Niño fué un gol de chupate esta, y mira lo que es fútbol.

El tercero de penalti, fue como un premio. Como un "dejad de sufrir". Y en cuanto acabó el partido, me fuí a mi casa. Ni una cervecita después: directo al hogar. Supongo que el dormir poco contaba para algo, pero la cabeza me daba vueltas, estaba ronco de gritar y, curioso ésto, apenas recordaba nada del partido (noooo, no estaba borracho, bebí una cerveza y eso no vale para colocarme...). Por la calle, los coches enarbolaban banderas rojigualdas y pitaban su alegría.

Joder... me parece que se me ha ido la pinza... me estoy tomando demasiado en serio esto ¿no?.

Puede... pero que me quiten lo bailao, y que baje Diós y diga si algun aficionado al fútbol de éste país, no se le conmovió tódo con el lance de ésta tarde.

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